Cuentos

Secretos del Parque Escondido

©VLOVEstudio a Pedal

El tiempo de los charcos

En el Parque de Mayo, en ciertos charcos de agua, el tiempo atrasa. Están en algunos senderos que es inútil describir, pues cambian su apariencia cada noche. Los melancólicos, los solitarios, las mujeres abandonadas, los conocen. Basta caminar con la cabeza baja a las dos de la mañana para que los ojos encuentren imágenes que el tiempo parecía haber borrado para siempre. Los peores, los más traicioneros, son los de agua turbia que aparecen después de las tres de la mañana: en ellos se puede ver a los abuelos que nos hablaron por última vez hace veintidós años, o la imagen de la ropa que usamos a los once, en una habitación de adobe perdida en Trinidad. Ojos que amamos como a nadie, nos miran desde nuestro reflejo, confundidos para siempre.

La gente busca sus respuestas a diario en los libros de autoayuda, en las pantallas que brillan en sus casas, en los charlatanes de a ochenta pesos la hora. El Parque las devuelve cada noche desde un modesto charquito perdido entre sus árboles.

Pero casi nadie ve.

Pandora

Permanece arrumbado desde hace años, a unos metros de la calle 25 de Mayo. Para el desprevenido, sólo es uno más de los carritos de chori, que de día nunca abren, perseguidos por inspectores municipales animosos.

Ostenta tres candados de bronce algo desmesurados, clausurando su única puerta de chapa.

Naturalmente, semejante obstáculo no es para los ladrones que se abstienen cuidadosamente de pasar cerca del carrito. En verdad, los candados impiden que salga aquello que nadie quiere nombrar.

Desde que una humilde adolescente llamada Pandora, abrió esos tres candados por única –y última- vez, todos sabemos que el carrito se mira y no se toca.

Soplo alumbro

Se puede sentir sólo en tres de los innumerables bancos de madera. Sopla, a veces en las siestas, pero casi siempre es de noche. Se dice que viene desde la pérgola que algún animoso funcionario pinta de amarillo de vez en cuando, como si el aire clásico y tranquilo de una columna le molestase. Sopla, inmaterial y lento; es un viento tibio y también se cuenta que es porque guarda celosamente todos los suspiros y llantos repentinos, el calor de los abrazos olvidados. Quien lo siente en la piel, siente también un sobresalto, cuando cree reconocer la querida voz de la sangre corriendo por los brazos que se apagaron de a poco hasta volverse rama seca.

No tiene nombre aún, pero es viejo como el mismo Parque y quizá ya revolvía los caminos, confundía a las niñas buenas, encendía los ardores de los que se adormecían a su aire, antes del primer árbol.

Su toque hace brillar los ojos del busto del poeta cuyo nombre hemos olvidado, muy cerca de la Avenida San Martín: y canta la piedra de su carne, llora la cal de su modesta pátina, mientras unos metros más allá, enloquecemos por falta de crédito en nuestros teléfonos, por nuestras jubilaciones, los premios ganados y perdidos, las cosas importantes en las que jamás corren esa clase de penas y de vientos que alumbran.

Y duerme, y sueña.

Otros parques ostentan sus brumas y neblinas: sus fantasmas padecen la lenta oxidación de sus articulaciones; rechinan en la madrugada, al retornar a sus lugares de descanso.

En el Parque de Mayo en cambio, sus criaturas nocturnales se agrietan repentinamente en una ráfaga de viento Zonda que les llena la boca de arena. Aún los mendigos-licántropos del túnel del trencito no salen esa noche, pues saben que las damas vaporosas que cenan las exóticas creaciones del chef del Chorisaurio faltarán puntualmente.

Y duerme, y sueña. Toda la inmensa respiración de la arboleda, la sonrisa lenta de sus pequeños monumentos, incluida la de la niña que hace llorar sin razón a los que descansan bajo su sombra, duermen, momentáneamente acunados por la oscuridad de apagones repentinos. Dentro del Parque, sopla el Zonda, y las luces de la razón se apagan.

La lluvia como memoria

Si se camina bajo la lluvia en el Parque de Mayo, el paseante constatará asombrado algunas cosas. La más evidente: que él mismo es casi la única presencia con algo de humano, pues en noches así, la gente está engordando o bien procreando, al abrigo de sus fogones.

Otra constatación, bien distinta, es que hay sectores que el agua no logra mojar, por más que la lluvia caiga pesadamente en cortinas grises.

Y es que los árboles guardan cuidadosamente algunos pedacitos de tierra que consideran sagrados. Las razones de semejante celo nos resultan ajenas, pero ciertas crónicas encontradas en las paredes de los baños públicos del Parque nos deparan algunas pistas. Algunas parcelas son preservadas por los árboles porque allí se quebró para siempre un gran amor, tal vez uno de los más grandes de la historia (condición que hasta los mismos amantes ignoraban, enfrascados como estaban en sus rencillas).

Otro famoso sector que jamás se llueve, cerca de la calesita, acuna por última vez a los perros callejeros que morirán al día siguiente: están sentenciados, pero el Parque los cobija en su noche final, allí donde nada les puede pasar hasta su instante último. Mirando atentamente, se pueden ver las huellas de sus patas, moldeadas para siempre en ese pobre charco de tierra polvorienta, ya a salvo de los hombres y su historia ajena. En nuestra soberbia, levantamos monumentos en el Parque, ignorando por completo que la verdadera memoria no es de piedra ni de gestos congelados, sino de huellas que el viento jamás toca.

Edén

De invierno en invierno, el jardín crece. Frío tras frío, se suman de a dos, de a cinco. En años terribles, llegan en grupos desmesurados.

Los perros del parque poseen el saber ver. Los reciben, niños perdidos, faltos de luz o de aire, cerca de la calesita, en un modesto edén. No hay nubes rococó, ni ángeles tañedores de celesta, o fuentes inmortales.

Las diferencias existen también en el otro mundo, y el edén de los niños perdidos mora en torno a caballitos de madera, autitos de lata y colores desvanecidos.

Sin embargo, de ellos es la rama más florida y secreta de la isla del lago, y el brillo blanco que ya no pueden tocar. Para ellos canta Leda, desde un lecho húmedo y verdoso.

Y el Parque, habitualmente indiferente a la humanidad enloquecida, guarda insomnio en esa eterna hora nocturna de sus juegos.